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El café no fue gratis

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En esta ocasión gustosamente le damos variedad al blog al contar con otra interesante participación que en este caso se trata de un cuento corto (a pesar de que el post es un poco largo).

Nuestro colaborador esta ocasión es Meruti Mellosa(Santiago Floresmeyer), un Abogado Filósofo, excelente escritor, un hombre de mucho ocio y grandes historias, mismas que también comparte en su blog: Ociosofía.

clip_image002A todos, un saludo y bienvenidos por mi parte, a este blog. Espero disfruten mis entradas. He aquí la primera de ellas, un cuento que, espero, los deleite:

Salí de Paris del Charles de Gaulle cerca de las diez de la mañana, llegué aproximadamente a las doce a Roma. Podría disfrutar el día en cuanto encontrara la manera de llegar a la ciudad desde el aeropuerto. Como buenos latinos, los romanos no eran claros para indicar por dónde ir según se quisiera; había que usar mucho del instinto, la intuición, la corazonada, etc., algo así como en México, sólo que en primer mundo y con euros. Después de ese divagar tuve que entender italiano a un don que me estaba explicando cómo llegar y qué hacer; sorprendentemente aprendí italiano en tres minutos, era algo como el castellano pero con una “e” al final. Cuando caminaba hacia el tren oí a una señora que tenía la clip_image003misma inquietud que yo, su acento me pareció familiar, tan familiar como la intuición que nos había sacado del confuso aeropuerto y nos había llevado a preguntar por la ciudad. Le ayudé en lo que pude y nos fuimos al tren. Su acento me recordó al del norte de México por lo que me encariñé rápido con la señora; al fin y al cabo, llevaba más de un mes fuera de mi país, sin chilaquiles, tacos, agüita de limón, garnachas, carnitas y demás. Era tal mi antojo que llegué a debrayar sobre la comida mexicana muchas cosas.

Eran tan sólo unos metros hacia el tren mientras la señora hablaba y yo oía, mis pensamientos famélico: El taco es el arquetipo de la comida mexicana, los mejores platillos nacionales se desprenden del taco. Sí. Por un lado, los chilaquiles son los tacos surrealistas, sí. Las tostadas son, definitivamente, la liberación de los ingredientes clip_image004de la opresión de la tortilla, la comida mexicana es una lucha eterna entre la tortilla y todo lo que envuelve, el desarrollo gastronómico es la pugna entre los que dicen que la tortilla es la opresora y la prefieren y entre quienes creen el resto de los ingredientes merecen salir de su enajenación. Las enchiladas son la Ilustración del taco, se toman los elementos que se han visto y se consideran valiosos, pero se presenta con otros elementos nuevos para aspirar a nuevos ideales.

Las quesadillas son los tacos piratas. Puesto que nunca hay quesadilla con carne, pero siempre puede haber taco con queso. La sincronizada es la hija bastarda de la quesadilla. Mientras buscábamos el tren para la ciudad, no platicábamos salvo de trivialidades. Se nos fue el primer tren y el segundo no quería salir porque el chofer estaba harto del día y apenas iba a la mitad. No trabajaría más. Tuvimos que esperar a que otro dejara su hora de comida. Y todo esto venía a mi cabeza hambrienta.

clip_image005Volví a la realidad y me di cuenta que había aterrizado hacía dos horas y apenas estaba abordando el tren que me llevaría a Roma. Estaba famélico y el hedor del tren, que recordaba a una estación del metro mexicano, me mareaba y daba un sentido de localidad que extrañaba. El calor era asfixiante y dentro del tren empeoró; la diferencia entre la peste del vagón mexicano y el italiano era la ignorancia en cada una. Bastó abrir los ojos para darme cuenta que estaba en una ciudad de 28 siglos en Europa y no en México, la emoción me permitía ignorar las malas sensaciones. No estaba siendo placentera, hasta ese momento, mi visita a Roma.

En el tren, la señora a la que había ayudado, empezó a platicarme de su vida; no me molestaba responderle pues llevaba cerca de diez horas sin hablar para algo distinto a pedir. Estuvimos conversando; me contó que era ecuatoriana y vivía en Barcelona, tenía una hija, de mi edad. Un poco más grande tal vez. Sí, más grande. Y que estaba divorciada, enojada con ese "jo 'e puta" y que en el trabajo le había recomendado irse por un tiempo de vacaciones con su hija quien, al final, no clip_image006pudo ir por haber reprobado unas materias y, a su criterio, no merecía viajar. Me preguntó sobre mi escuela y se alegró de oír que no había reprobado nada. Era bueno saber que al criterio de esa señora yo merecía viajar. Somos adictos a la aprobación.

El trayecto duró poco más de una hora. Hubo un periodo que todas las preguntas fueron suyas, y eran bastante específicas, sobre mí, mis gustos, poco de mi familia o amigos. Poco a poco iba desglosando mi propio cosmos para una extraña que no hablaba en su trabajo debido a su posición y necesitaba decir todas las palabras que no había usado en seis meses. ¡Carajo, hay un límite! Sin más qué hacer, seguí respondiendo a sus preguntas cada vez más raras, además, el paisaje no era para regocijar los ojos. A pesar de la náusea del hedor, las ansias crecientes con cada grado de temperatura, el hambre que comenzaba a devorar mi buen humor, tenía una sonrisa en la cara. Entre más le gustaban mis respuestas, más me quería presentar a su hija: Salomé; eran tocayas.

Cuando acabó el trayecto me dijo que había sido muy amable y que, por ello, me invitaría un café y algo de comer. Ninguno habíamos comido y estábamos cayendo. Cuando el fin del café y la comida llegaban, comenzó la última conversación, de hecho, la más lejana a un monólogo que se pudo tener:

-Dime -preguntó con una sonrisa y tono de curiosidad infantiles-, ¿crees en la reencarnación?

- No -contesté, despertando del limbo somnífero en que me encontraba-, no creo en ella.

- ¿Seguro?

-Sí, bastante, ¿por qué preguntas?

- Me dijiste que tenías 19 años y medio, ¿no? -ella ya no podía esconder la emoción-

- Así es, pero, ¿por qué la pregunta de la reencarnación? (Me estaba desesperando más, el clima y esto se volvieron un revólver en la cabeza de mi humor, así que nos paramos para ir hacia la estación del metro).

- Es que mira... Bueno, el café y la comida te los di porque... En fin, también me caíste bien no es otra cosa sino que... No entenderías. ¿Te gustaría conocer a mi hija?

- No lo sé, tal vez, pero primero explícame que quieres decir con lo de la reencarnación y tu cambio de ánimo -mi tono dejaba de ser amigable a pesar de que siempre estoy somnoliento después de comer.

- Sería genial, ¿lo imaginas? Los dos juntos de nuevo.

- Lo siento, pero tengo novia -seguíamos caminando buscando la puerta para cada dirección, cada uno iba hacia una dirección distinta del metro.

- Bueno, es que... Mira, el café y todo te lo di porque me parece que podrías ser como él. -Yo volteé a todos lados para ver a quién se refería sin ver a nadie y ella no quitaba su mirada de mí-. Mentira, me parece que podrías ser él y verte con mi hija implicaría verlos juntos como jamás pude.

- Salomé, disculpa, ¿de quién (‘ajos) hablas? – pregunté justo cuando encontramos cada uno su entrada.

- ¿No entiendes? Tú eres el hijo que perdí hace 18 años, ¡has reencarnado! ¡Y hasta ahora te encuentro!, podrás estar a lado de mi hija. ¡Jamás los perderé de nuevo! –Y una lágrima brillaba con ganas de salir de su ojo porque encontraba al hijo pródigo.

Tomé mis cosas. Le di las gracias. Y me fui. Gracias a Dios, no íbamos hacia el mismo lugar. Yo que creí que mi carisma y mis ganas de ayudarle habían provocado el café y la comida. No: fueron mis calificaciones las que le dijeron que podría ser su hijo.

El café no fue gratis, a cambio quería un incesto espiritual.

Puedes leer más historias de Meruti Mellosa en Ociosofía

Comentarios

MedGeek dijo…
Excelente cuento, me agrado demasiado, ojala sigan viniendo más y más muchacho, por cierto que el siguiente sea igual de bueno.
RG RoCkO dijo…
Que bueno fue recibir una participación así en el blog, siempre la variedad le da sabor a la vida, esperamos más cosas así como este buen cuento.
StephY dijo…
Buen cuento con un final inesperado :P
Me gusto :)

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